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Sala Elefante 06/01/1998 - 30/01/1998 Josefina Fontecilla, Kika Mazry y Elisa Aguirre TRES DESTACADAS ARTISTAS EN LA GALERÍA GABRIELA MISTRAL

Tres trabajos personales diferentes, cuyo nexo está en la manera de pensarlos y producirlos, exhibieron las artistas visuales Josefina Fontecilla, Kika Mazry y Elisa Aguirre en la Galería Gabriela Mistral, entonces del Ministerio de Educación.

Bajo el nombre de “Sala Elefante”, lugar físico donde realizaron el Magister en Artes Visuales de la Universidad de Chile, la obra de estas tres artistas fue el resultado de una discusión teórica y práctica sobre el proceso del trabajo allí realizado. “Por primera vez la Galería Gabriela Mistral asiste a un acto de travestismo arquitectónico, al asumir, según lo consigna la tarjera de invitación, como sala o –como espacio galerístico- que acoge a otras salas. En este caso se trata del lugar donde los alumnos de arte entregan su propuesta universitaria antes de salir a los circuitos externos de exposiciones”, señaló Luisa Ulibarri, entonces directora de la Galería y Jefa del Departamento de Programas Culturales de la División de Cultura.

Josefina Fontecilla mostró cinco telas en gran formato, de brocato rojo, semejante los usados de revestimiento mural en las grandes mansiones antiguas. La superficie de las telas estaba descolorada parcialmente por el Sol, donde el uso de plantillas actuó como negativo. Eran huellas de cuadros ausentes que citan la fotografía y la memoria, como cuando en una casa después de largo tiempo sacan los cuadros que están colgados y quedan las huellas. “La idea fue trabajar la huella a través del tiempo”.

Además, expuso 20 telas de óleo sobre brocato, también desteñido en que pintó un fragmento de una foto de su madre cuando se casó, extraída del álbum familiar. En todos los cuadros estaba presente el mismo fragmento, ramos de flores pintados en blanco y negro. “No me interesó entrar en el juego del color, sino reproducir el gesto fotográfico”, señaló al explicar el por qué utilizaba el blanco y negro.

A juicio del especialista Roberto Merino, en las flores fotográficas, pictóricas, artificiales, estampadas, de Josefina Fontecilla presenciamos una especie de neutralización o silenciamiento de un poema modernista.

En tanto que el trabajo de la escultora Kika Mazry fue un montaje escultórico a través del que se expusieron las problemáticas en relación a los monumentos como representación de poder. Eran monumentos, dice, que no monumentalizaban nada, juguetes con los que no se podía jugar. Tenían una función plástica y discursiva y estaban hechos como un diagnóstico sobre el estado de las simbolizaciones urbanas.

Los arcos de escala reducida y de referencias clásicas, según Merino, fueron construidos en madera aglomerada, pintada con los colores básicos de los juegos “racionales”. El gesto pretendía añadir ironía a la reproducción –la sostenida tendencia nacional- de formas (plintos, capiteles, columnas, arquitrabes) en contextos y modos impropios.

Los materiales utilizados en toda la obra contribuyeron a la idea de repetición de un sistema hasta el infinito. Además se trataba de materiales que operaban con el simulacro, es decir, estéticamente son bellos, pero son pura exterioridad (colores, brillos, materialidades seductoras).

Por su parte, la escultora Elisa Aguirre, que siempre ha trabajado con estructuras de formato grande, propuso en esta ocasión trabajos más íntimos; pequeños objetos que apelaban a distintos gestos que tenían que ver con las herramientas aunque no lo fueran. Eran construcciones que no requerían de grandes tecnologías ni infraestructuras.

Ella exhibió alrededor de cincuenta objetos de pequeño formato que de alguna manera estaban relacionados con las herramientas, pero que también podían ser armas caseras. En estos estaba implícito todo lo que significa el gesto de cortar, excavar, socavar, ahuecar, contener o enterrar.

Elisa redujo notoriamente el tamaño de sus esculturas. Sus preocupaciones en aquel entonces dieron como resultado una serie de pequeños objetos fabricados con materiales de desecho. Eran cuasi herramientas, mangos con crines, aglomeraciones de yeso sujetas a latas y rejillas. Tales herramientas llevaban el desgaste como sello de fábrica. Recién salían del taller, pero parecían vestigios de una primitiva sociedad agrícola.

Para Merino, los objetos de Elisa Aguirre han sido concebidos a la medida de la intimidad del taller. “Son, en este sentido, subproductos del taller del escultor, pequeños bosquejos materiales sin significación aparente. Da la impresión que han sido hechos para mantener el aliento y marcar el tiempo”.