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Sobre la Obra de Camila Ramirez 01/01/2012

Texto del Curador Rodrigo Alonso

En el pensamiento materialista, los objetos no se caracterizan exclusivamente por sus propiedades físicas; también encarnan ideas, valores y vínculos que determinan sus espacios, usos, circulación y distribución social. Un objeto habla sobre la sociedad que lo produce; la describe en sus estructuras y jerarquías, en su funcionamiento y relaciones de poder, pero igualmente, en sus sueños y anhelos, sus certezas y temores.

Si algo puede asegurarse sobre los trabajos de Camila Ramírez es que son por demás elocuentes. En ellos se articulan dispositivos formales y conceptuales que generan un cortocircuito con la cotidianidad, invitándonos a repensar sus fundamentos y mitificaciones (en el sentido marxista del término, según el cual, mitificar es transformar en natural lo que es histórico). Todo en ellos habla, en un idioma de profundas resonancias temporales, políticas y culturales.

Los objetos comunitarios que Ramírez presenta en la exposición señalan las aporías de la noción misma de comunidad. Son herramientas y muebles pertenecientes a los universos del trabajo y la educación, pensados para ser utilizados por múltiples personas de manera simultánea, pero que en su diseño excluyen esa posibilidad. La dificultad de su uso colectivo sugiere que, en definitiva, es más fácil –y, por lo general, indispensable– recurrir a los utensilios individuales. Un conjunto de fotografías retratan con humor la odisea de su manipulación o la inutilidad de sus efectos: posiciones improbables o varias manos que confluyen en una tarea única que no mejora por el accionar grupal, contrastan con la simplicidad funcional que esas herramientas deberían proveer.

Su presentación oscila entre la ironía, el sarcasmo y la melancolía. Dispuestos sobre una mesa roja, o construidos en ese mismo color, remiten, quizás, al fracaso de la utopía socialista, o ponen de manifiesto la complejidad de construir una verdadera comunidad. Asimismo, al anular la efectividad del trabajo, corroen un fundamento clave del sistema industrial y una de sus formas básicas de socialización. Algunos de ellos recuerdan a otro proyecto de la artista, Un millón de empleos, en el que diversas personas confluyen en la realización de tareas no productivas –como sostener una hamaca, un tobogán o un balancín– con el mero fin de ser “ocupadas” en algo, en clara alusión a las políticas públicas que buscan cumplir con sus programas y promesas de empleo independientemente de cualquier necesidad o beneficio social.

Un banco escolar comunitario resuena con singular énfasis en el contexto de la Galería Gabriela Mistral, perteneciente al Ministerio de Educación. Ubicado muy cerca del ventanal, enfrentando a la calle que acoge desde hace más de un año los reclamos por una enseñanza igualitaria, descansa como una suerte de testigo mudo y paradojal de las protestas que no cesan. Esa ubicación obliga al espectador a salir de la galería para completar la visión de la pieza, ocupando el mismo sitio de los reclamos inconclusos.

La presencia de Camila Ramírez en la exposición se completa con un afiche de distribución gratuita, un video y una performance realizada el día de la inauguración. Las tres piezas toman como base un fragmento del Manifiesto Comunista que ha sido traducido de manera automática por las herramientas ofrecidas por el sitio de Internet Google. El texto, incomprensible, transita por la galería mezclándose con la gente a la que supuestamente está dirigido, sin generar ningún tipo de respuesta. Su tono, apelativo e impulsivo, se expande indiferente en un medio donde se han desactivado todas sus implicancias sociales, políticas e históricas; un medio que puede referir tanto al Chile contemporáneo, a las redes tecnológicas públicas o a la propia galería de arte, ámbitos que, cada uno a su modo, transforman en letra muerta sus ideas y sentido.

Su procedencia induce una reflexión particular sobre la Internet en tanto medio público de información, conocimiento y difusión “ideológica”. La capacidad de ésta para “popularizar” ideas y programas políticos parecería correr en paralelo con su facilidad para la desarticulación ideológica, el sinsentido y la confusión.

Esas palabras, que fueron capaces de movilizar el destino de los pueblos, hoy conforman una suerte de reliquia discursiva sumergida en el océano comunicacional de un capitalismo no menos desorientado. Como los objetos comunitarios, ellas encarnan los rastros de un momento utópico pasado. Sin embargo, si se observan detenidamente, o quizás con un poco de esperanza, hay algo en las palabras y los objetos que punza con insistencia. En la irreverencia con que Camila Ramírez los exhibe, en la forma en que nos empuja a repensarlos, parecen dilatarse los ecos de una potencia política.

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